Por Gabriel Páramo///Semillero65
Ciudad de México,(08-05-2026).-Aunque debo reconocer que yo tuve una niñez privilegiada que me permitió viajar en avión muy chico (a Guadalajara), conocer el mar a los seis años y visitar otras ciudades, también debo dejar en claro en que en esas muy lejanas épocas cuya distancia puede medirse más que en décadas, en medios siglos, los viajes eran básicamente por carretera y en autobús.
Mi papá tuvo auto propio hasta 1974, en que compró un Volkswagen amarillo que nos parecía viejísimo (era 1970), por lo que a diferencia de muchos de mis amigos cuyas familias atiborraban los vehículos familiares para ir a Veracruz, a Acapulco o al mítico “rancho”, ya que con papás ambos nacidos en la capital y abuelos de lugares muy distintos, desde La Habana hasta Tapachula, Morelia o algún pueblo del Distrito Federal que ahora ha de ser una colonia, y cuasimíticos bisabuelos españoles, guatemaltecos, cubanos y michoacanos “de 500 años” no teníamos arraigo en ningún lado, por lo que nosotros carecíamos de rancho al cual escaparnos en vacaciones.
Los viajes, repito, eran por carretera y en autobús. Hasta los años 70, no había centrales de autobuses en la Ciudad de México y los camiones, como todo mundo los llama por estas latitudes, llegaban y salían de todos lados. Cerca de mi escuela, el Franco Inglés, salían unos a ciertos lugares del Estado de México como La Jordana, en el municipio de El Oro, mítico lugar boscoso donde los mochos, pero alivianados y más o menos izquierdosos sacerdotes del colegio con los que nos llevábamos bien hacían unos interesantes retiros espirituales.
En esas lejanas épocas los viajes por carretera eran bastante cómodos, en lo que se refiere a delincuencia, pero insufriblemente largos por carreteras mal trazadas y traicioneras. A Guadalajara o Oaxaca llegábamos a hacer 12 a 15 horas (aunque nunca las casi 24 que hicimos mi hermano Eugenio y yo de Guadalajara en un pulman de los Ferrocarriles Nacionales de México), a Acapulco podían ser 10 horas, igual que a Veracruz, en tanto que a Toluca o Cuernavaca no bajaban de hora y media o dos horas.
Ahora, si no hay problemas de tránsito, los recorridos son de Acapulco, unas cinco horas; Guadalajara, máximo siete horas, igual que a Oaxaca; a Veracruz, poco menos de seis horas, a Toluca, como una hora, si no hay embotellamiento, y a Cuernavaca como hora y media, también si no hay embotellamientos.
Sin embargo, los viajes de antes tenían innumerables ventajas. Podías abrir las ventanillas del autobús, no pasaban películas horrendas, el camioncito iba parándose en distintas poblaciones para comer o ir al baño. Los viajes, creo, estaban a una escala mucho más humana, como de canción de The Who :
Every day I pass by her house / (Too much, Magic Bus) / Beatin’ every body, every body’s pass / (Too much, Magic Bus) / I’m usin’ my magic bus”(Magic Bus, Pete Townshend, 1968)
Así, pude comer en la terminal de Chihuahua los mejores burritos del universo, que me vendió una señora rarámuri; en la carretera a Oaxaca un autobús se detuvo para comprar unos gloriosos tacos de papa, otra vez me desperté a medianoche en un viaje a Ciudad Victoria y pude ver millones de estrellas que entraban por las ventanas del camión.
Esos viajes me dejaron conocer desiertos y bosques; me permitieron probar los tamales de camarón de Escuinapa, escuchar música norteña auténtica en un galerón sinaloense, ver el mar desde muy lejos, recorrer las interminables llanuras norteñas y las espesas selvas del sur.
Es cierto que los camiones ahora son mucho más cómodos, los viajes más rápidos y las terminales más ordenadas, pero sigo pensando que los viajes de antes eran mucho más humanos… o será que ahora sí me está dando la viejez.
*Cada día paso por la casa de mi chica / ¡Mírenme a mí y a mi autobús mágico! / Le pido al conductor que me deje bajar / ¡Mírenme a mí y a mi autobús mágico!

