Por Gabriel Páramo///Semillero65
Ciudad de México,(01-03-2026).-Finales de 1978, principios de 1979. No recuerdo muy bien las fechas, aunque ahora sé que fue pocos meses antes de que mi niñez, algo extendida, acabara para dar paso a una edad adulta ciertamente bastante procelosa. En ese momento iba a poco más de la mitad de la licenciatura, tenía un trabajo estable, mal pagado, pero que me gustaba mucho y completamente relacionado con mis estudios, era delgado y feliz.
Mi hermano Eugenio, que vivió siempre una vida mucho más salvaje que la mía, estaba de regreso a la casa familiar. Trabajaba en algo serio como vendedor, y no solo tenía coche, un vocho amarillo bastante nuevo, sino que ganaba bien. Guillermo tendría unos 16 años y ya tenía una mirada un poco enloquecida, como la que llegamos a tener todos los hermanos.
Éramos y nos comportábamos como unas bestias. A veces, organizábamos encuentros de tochito en el lodo del parque Naucalli que duraban horas y más parecían rugby que otra cosa. Otras veces, llegamos a pelearnos a golpes; aún tengo la nariz chueca de un cabezazo que me dio mi hermano Guillermo no recuerdo porqué razón.
Éramos muy felices.
Se me escapan los detalles, pero en una ocasión mi hermano Eugenio organizó que nos fuéramos a no sé qué lugar del Pacífico a acampar. Ni Guillermo ni yo teníamos mucha experiencia al respecto y, como confirmamos después, tampoco Eugenio estaba tan versado en la vida al aire libre.
Me tocó comprar la comida, así que obviamente llevé latas (olvidé) el abrelatas, compré dos corrientísimos cuchillos de caza en una ferretería (que resultaron increíblemente duraderos) y nos lanzamos a una aventura, en la que comprobaríamos que las latas de fabada y de duraznos en almíbar distan mucho de ser la mejor idea en cuanto a raciones de superviviencia.
Juntamos nuestras cosas, las amontonamos en el Volkswagen y en el espíritu de José Agustín Ramírez Altamirano, tío del gran escritor mexicano José Agustín, tomamos rumbo:
Por los caminos del Sur
Vámonos para Guerrero,
Porque en él falta un lucero
Y ese lucero eres tú
Por supuesto, manejaba Eugenio. A Guillermo le tocó el asiento de atrás, en razón de una “democrática” decisión, y me dediqué a dormitar casi todo el camino, con los constantes regaños de Eugenio y su cantaleta que los copilotos no deben dormirse. Recuerdo que llegamos a Acapulco y, como buenos chilangos, comimos pollos rostizados de una pollería en la costera. Yo traía una cámara Kodak Retina Reflex III alemana, que por alguna razón atraía chicas guapas y que en el futuro sería la causa de que me subieran a una patrulla durante una manifestación.
Llegamos al lugar de acampada por la noche. El mar, oscurísimo nos recibió con el rumor de las olas. Sacamos la tienda de campaña, una de esas viejas, de lona, pesada como los pecados de una vida de perdición y procedimos a armarla. La tienda, no podía ser de otra manera, la montamos sobre lo que yo creo era el único hormiguero en 700 kilómetros de playa.
Los días siguientes pasamos hambre, nos quemamos, nos salamos; un día, a Eugenio se le ocurrió uno de esos días que corrían sin orden, que podríamos comprar pescado a alguno de los pescadores que llegaban por las tardes. Así lo hicimos y la esposa de alguno de ellos nos preparó un manjar marino. Otro día, a la fecha yo juro que pasamos muchísimas jornadas en la playa, nos fuimos hasta el pueblo más cercano y, lo reconozco, jugando la carta del privilegio güero, nos metimos a un restaurante en el que aunque nos hicieron cara, no pusieron reparo en atender a tres chamacos mugrosos y quemados.
Recuerdo que pedimos de comer y nos metimos al baño a tratar de quitarnos la mayor cantidad posible de sal incrustada y algo del olor a cromagnon que seguramente emanábamos. Sin embargo, a lo largo de los días que, repito, a la luz de los años me parecen interminables, fuimos decayendo cada vez más.
Una noche, particularmente oscura, dormitábamos llenos de ronchas, llagas y quemaduras de sol cuando nos algo nos iluminó potentemente, al tiempo que escuchábamos a Serrat entonando “Mediteráneo”:
Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa
Escondido tras las cañas duerme mi primer amor
Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya
Y amontonao en la arena
Tengo amor, juegos y penas, yo
Unos amigos de mi hermano, de una familia maravillosa que luego se haría cercana a la mía, llegaron a rescatarnos. Nos hicieron desmontar la tienda, nos ayudaron a ponerla en un lugar adecuado, nos llevaron a unas regaderas de agua dulce que estaban muy cerca del lugar al que habíamos llegado, nos brindaron refrescos, cervezas y comida.
Por supuesto, se burlaron bastante de nosotros, se rieron como locos por mis latas de fabada y dieron un enfoque diferente a la aventura que hasta ese momento habíamos estado viviendo.
Pocos días después, Eugenio, Guillermo y yo regresamos al departamento en la colonia Cuauhtémoc, frente a la Zona Rosa, en el entonces Distrito Federal donde vivíamos. Por supuesto, en el trayecto nos detuvieron en incontables retenes militares que en esa época estaban para “protegernos” de las malvadas guerrillas comunistas y evitar el tráfico de drogas. En cada uno de ellos, los guachos nos hicieron bajar todo lo que traíamos en el vocho y siento que quedaban un poco decepcionados al constatar que ni un mísero carrujito traíamos.
Este es, sin duda, uno de los mejores recuerdos de mi vida.

