Por Stephanie M. Hernández Salazar///Semillero65
No es fácil ser madre, se dice…
Mi madre conoció la importancia del cuidado desde pequeña. Al ser la hermana
mayor, mi abuela la dejaba con la responsabilidad de ver por su hermano y sus
dos hermanas. Más de 6 décadas después, sigue al pendiente, siempre atenta a
sus palabras, gestos o salud.
No es fácil ser madre, se dice…
Como consecuencia de lo ocurrido en el 68, mi madre tuvo que dejar la prepa 5
para comenzar sus estudios en la Nacional de Educadoras (ella quería estudiar
Matemáticas, me ha confesado). Desde 1971 comenzó a ver por las niñas y
niños que acudían a la escuela donde ella era maestra. Llegaba a casa a contar
historias de las infancias o de las madres que se acercaban a ella. Como
directora y supervisora trabajó contra la corrupción de las instituciones para
brindar la mejor educación a quienes no eran de su sangre, pero sí de su
cuidado.
No es fácil ser madre, se dice…
Mi madre dio a luz por primera vez a sus 22 años. En ese momento ya contaba
con un trabajo y su ritmo comenzó a adecuarse para entregar día y noche a mi
hermana. Dos años y medio después llegó mi hermano y sus 24 horas se
tuvieron que volver en 48 en un sólo día. Aún así, veo las fotografías que
demuestran su entrega por esos nuevos seres que le iluminaban los días (y lo
siguen haciendo) – y también le pegaban buenos sustos-; veo a mi hermana y
hermano con gorros nuevos, hechos por las manos de mi madre o disfraces
para los festejos que ella adquiría para asistir puntual a los eventos escolares.
No es fácil ser madre, se dice…
A los 34 años mi madre me dio a luz… y la luz. Mi hermana y mi hermano ya
eran adolescentes y yo lloraba tanto que mi hermana decía que la familia se
volvería loca, aún así mi madre nos dejaba escuchar nuestra música mientras
ella nos llevaba a la escuela, después de haberse despertado 2 horas antes
para preparar el desayuno, levantarnos y tener tiempo para arreglarse para su
día laboral.
No es fácil ser madre, se dice…
A los 19 años años mi hermana decidió partir a otro continente, mi madre
siempre ha entendido el valor de las oportunidades (que son calvas, dice,
porque si se van, no puedes sostenerlas) y, por lo mismo, abrió las puertas de la
casa para que las alas de mi hermana se expandieran. Por carta, mi hermana
invitó a mi hermano y un año después él también partió. Fueron varios años de
llamadas telefónicas y carteros para saber que el nuevo idioma iba fluyendo y la
fuerza que mi madre había sembrado en sus seres, era parte de los frutos que
su adultez estaba cosechando.
No es fácil ser madre, se dice…
Quince años después del viaje sin vuelta de mi hermana y hermano, decidí
comenzar mi propio camino lejos de casa. Al principio, mi libertad me pedía
silencio con la familia y por un tiempo el nulo contacto fue causa de un gran
susto que todavía sale a la mesa. Mi madre me acompañó por las calles de
Guadalajara y la Ciudad de México a través del celular. Le llamaba para contarle
mi vida y desafortunadamente, en esas pláticas, escuchó los asaltos que viví.
“¡Mamá, estoy bien!”, le dije en una ocasión, cuando le pedí al taquero su
teléfono para tranquilizarla a distancia.
No es fácil ser madre, se dice…
Ahora que regreso a casa a vivir cerca de ella, noto el peso que ha llevado a lo
largo de sus casi 74 años, pero ella sabe disimularlo bien con su vitalidad que la
despierta todas las mañanas para hacer la rutina que generó desde joven y con
su gran amor por los seres que a veces no la comprendemos, porque
desconocemos todo lo que vivió por llevar el papel de madre desde niña.
No es fácil ser madre, se dice, porque en realidad no hay receta para serlo.

