Por Gerardo Romo/// Semillero 65
Zacatecas,(11-05-2026).-En la década de los 70, Zacatecas no era la ciudad iluminada y turística que conocemos hoy. Era, en palabras de quien se convertiría en su mayor promotora de viajes, un pueblo oscuro, sin calles pavimentadas y sumido en un aislamiento que parecía eterno. En ese escenario de cantera y sombras, Lucía Mazzoco decidió que los zacatecanos no solo debían mirar hacia sus minas, sino hacia el mundo.
Lucía recuerda que su madre tenía la enciclopedia de Herodoto Historia y sus nueve tomos, al leerlos y fascinarse con ellos siendo una chiquilla, se tejió en ella el deseo irrefrenable de conquistar el mundo, aquella fantasía infantil se cristalizó.
Con 53 años de trayectoria Lucía Mazzoco no piensa en el retiro, ¡nada de eso! para ella, el viaje es la única inversión real: “Un viaje te llena de felicidad, de amor, de cultura. ¡Viajen!, porque es lo único que te vas a llevar en la vida. No te van a poder enterrar con casas ni con joyas”, afirma a quien los nietos, (sus actuales compañeros de viaje), en un globo terráqueo, tienen señalado, los lugares que su abuela ha visitado, África, Asia, Europa y nuestra América… todo el mundo, sin excepción.
Ella ha hecho que miles de familias experimenten viajes inolvidables desde Disneylandia, a dónde por años solía llevar a un grupo de niños y niñas, hasta la Muralla China, los Andes, la riqueza infinita de Grecia, Tierra Santa y el inmenso mundo maya del México profundo…”yo siempre le digo a las personas que vienen con nosotros ¿Qué viaje quieres hacer, cómo lo has soñado? y buscamos que se haga realidad”, afirma con una sonrisa plena, franca.
La idea de Viajes Mazzoco no nació en una oficina de lujo, sino de una carencia absoluta. “Había una carencia… jamás había habido aquí en todo el estado ninguna agencia de viajes ni cosa que se le pareciera”, relata Lucía con la seguridad de quien sabe que cambió la historia local. Antes de ella, el turismo era un asunto de paso: “unas señoras venían de Guadalajara, armaban grupos y se marchaban”, recuerda.
El inicio fue modesto, casi doméstico. La agencia abrió sus puertas en lo que era el pequeño consultorio médico de su esposo, frente al Templo de Fátima. “Era una salita de espera y una oficinita, ahí abrimos”, recuerda.
Con el tiempo, el negocio comenzó a devorar la estructura del hogar: la sala se convirtió en despacho y el área de lavandería en el departamento de contabilidad.
Sin embargo, el camino burocrático fue una odisea. Lucía tuvo que viajar a la Ciudad de México para tocar puertas en avenida Reforma que le resultaba ajena. “Muchas puertas me las cerraron en las narices, otras simplemente no me hicieron caso, no confiaron en mí, pero yo persistí, persistí, persistí”, afirma.
Finalmente, la puerta se abrió gracias a Salvador Llamas Caballero, quien al verla entrar simplemente ordenó: “Haga el oficio de la señora Mazzoco”- el que necesitaba para que naciera su sueño … y lo logró. Hoy 53 años después su agencia ya participan tres generaciones de la familia, ella, sus hijos y nietos.
La era de los boletos a mano y los fraudes ajenos
Hoy, los viajes se resuelven con un clic, pero en los inicios de Mazzoco, cada travesía era una obra de artesanía técnica. “Todos eran a mano… senté a todos mis hijitos, porque eran de cinco cupones”, explica Lucía sobre la complejidad de emitir boletos internacionales en una época sin sistemas computarizados.
Pero la industria también tenía sus peligros. Lucía recuerda todavía con cierto coraje los fraudes que empañaron la fe de los viajeros en Zacatecas, como aquel grupo de 400 maestros defraudados en un viaje a Cuba o el escandaloso “fraude del Jubileo”. En este último, supuestos agentes italianos con cartas falsas del Papa estafaron a cientos de personas. Ante la crisis, Lucía mantuvo su ética comercial: “Yo nunca he pagado [para vender], al contrario, me gano mis comisiones honestamente”. Esa integridad permitió que, mientras otras agencias caían, la suya se fortaleciera bajo la palabra clave que define su vida: confianza.
El mundo en la maleta
Lucía no solo vendía destinos; ella misma se convirtió en una exploradora incansable, motivada por las historias de su padre, un inmigrante italiano del Véneto. Su primer viaje fuera de México fue a Italia, un recorrido de dos meses y medio en camión que hoy recuerda como una prueba de resistencia.
Desde entonces, ha pisado casi todos los rincones del planeta. Ha navegado los ríos de Europa, ha caminado por la India y se ha maravillado con la “cantera rosa” de la ciudad de Petra. De cada lugar guarda una lección: de los incas en Machu Picchu aprendió la grandeza indígena y de la isla de Visby en Suecia, la magia de los cuentos de brujas. Y de su país, el espíritu inquebrantable de lucha.
A pesar de haber visto el Taj Mahal y las capitales más modernas, su regreso a Zacatecas siempre es con ojos de amor: “Es una muñequita que hay que estar maquillando y renovando el vestuario”, dice sobre su ciudad, aunque no duda en señalar que le duele ver el comercio ambulante que oculta la belleza de los portales.
Se visión de la vejez
Lucía Mazzoco define la adultez mayor no como un declive, sino como una etapa inevitable de la vida que debe enfrentarse con optimismo, preparación y una salud cuidada para mantenerse activa, se declara una mujer profundamente agradecida con Dios, con su familia y con un trabajo que, aunque ahora realiza con menor intensidad, sigue siendo su fuente de alegría.
Su testimonio es un llamado a la acción para transformar la sociedad local, buscando que la vejez sea vivida con la misma libertad y respeto que ella ha presenciado en sus travesías.
Relata con asombro la delicadeza de los conductores de Uber europeos que se detienen con paciencia al ver alguna persona mayor con dificultades para caminar, describe ciudades diseñadas milimétricamente para la accesibilidad. Desde cruceros con tecnología de punta en sillas de ruedas hasta camiones en la Isla Victoria que despliegan escalinatas automáticas, la empresaria resalta que en el extranjero existe una conciencia colectiva basada en una premisa simple: todos llegaremos a esa edad y debemos decidir cómo queremos ser tratados.
Con una sonrisa, concluye que el optimismo y la actividad son las mejores vitaminas para disfrutar de una etapa que, bien llevada, es simplemente “una maravillosa continuación de la vida”. Y la jubilación el momento ideal para dedicarse a viajar, recolectar alegrías, recuerdos y nuevos temas de conversación.
“He contemplado un respeto absoluto a las personas mayores en muchísimos países”, dice y lamenta que en nuestro país, eso no ocurra con la frecuencia y naturalidad debidas.
Una lección para el futuro
A los jóvenes que intentan emprender en un mundo que parece ya todo inventado, les deja una máxima cargada de pragmatismo y pasión: “Haz lo que amas, pues de lo contrario vivirás amarrado a la amargura”.
Ella les comparte a las y los jóvenes que el estudio, la capacitación y el aprendizaje han de ser constantes, para toda la vida. Y si han de crear algo para ofrecerlo al mundo deben conocerlo muy bien, como nadie, hacerse expertos, ¿cómo vas a vender coches si no sabes dónde tiene las llantas?, cuestiona.
“Todo ha de construirse bajo el crisol de la honestidad y la disciplina”, dice alguien a quien ha construido en la confianza recibida su mayor legado.
Hoy, Lucía sigue planeando su siguiente destino, convencida de que la inteligencia no tiene sexo y que la capacidad de asombro es el motor que mantiene encendido el sentido de la vida. “Me siento feliz, agradecida primero que nada con Dios”, concluye la mujer que, desde una pequeña oficina en Fátima, enseñó a todo un estado que el mundo estaba apenas a un boleto de distancia.


