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Salvan, transforman y resignifican vidas de la vejez migrante en EU y México

Por Gerardo Romo///Semillero65

  • Tomasa Rosales Arenas y María Escobedo encabezan una revolución comunitaria silenciosa en el sur de California en pos de alcanzar dignidad, afecto y solidaridad para la vejez migrante a través de los grupos “Abuelitas Viajeras del Valle de San Fernando” y “Amar Amando

Los Ángeles, California,(03-08-2026).-En la vastedad urbana del condado de Los Ángeles y las geografías áridas del sur de California, la vejez suele transcurrir en un espacio silencioso, casi invisible. Para miles de hombres y mujeres que migraron hace décadas desde los municipios de Zacatecas, el retiro no representó únicamente el fin de la jornada laboral, sino la irrupción abrupta a una etapa de duelo.

El final de la vida productiva deja al descubierto el desierto del aislamiento: el alejamiento paulatino de los hijos absorbidos por la vorágine cotidiana, la barrera idiomática que congela la interacción social y la pérdida progresiva de un sentido de pertenencia en un país que, a menudo, mide el valor humano únicamente en función de su capacidad económica.
Sin embargo, en medio de esta geografía del olvido, emergen dos voces zacatecanas que han decidido transformar su propia madurez en un faro de resistencia comunitaria. Doña Tomasa Rosales Arenas y María Escobedo, ambas originarias de las tierras Jerezanas, paisanas del poeta de México, Ramón López Velarde encarnan la continuidad de la matriz solidaria del migrante zacatecano.

Lejos de resignadarse a la quietud contemplativa del sillón, estas dos mujeres han tejido redes de afecto, asistencia material y sanación emocional que abraza a cientos de personas adultas mayores en asilos, residencias comunitarias y hogares del sur de California y la frontera con México.
La historia de Tomasa Rosales es un testimonio vivo del trayecto transfronterizo. Su madre, Francisca Arenas, nacida en Colorado, sufrió la repatriación forzada de 1934 en el marco de las grandes depresiones económicas de Estados Unidos. Tras regresar a Zacatecas y formar una familia, el anhelo de volver al norte nunca se extinguió.
Entre 1962 y 1968, doña Francisca articuló con paciencia la reunificación familiar en California. Tomasa llegó al norte siendo apenas una niña de nueve años, habiendo cursado solo su primer año de educación primaria en Jerez. Su juventud transcurrió entre el sistema educativo estadounidense y el esfuerzo de superación que la llevó a laborar durante décadas en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), desempeñándose primero en administración hospitalaria y, durante sus últimos 25 años, en la fundación encargada de procesar donaciones para investigación científica.

“Para mí, después del retiro vino una etapa de duelo. Dejas todo tu propósito, tus amistades, tu profesión… Y por más que te prepares económicamente y con tus hobbies, la soledad te alcanza. Al encontrar este grupo comprendí que los adultos mayores no podíamos quedarnos con los brazos cruzados.”, asegura Tomasa Rosales Arenas.

Adultas mayores en auxilio de otras adultas mayores. Construyendo redes de amor en solidaridad

Cuando el retiro laboral llegó para Tomasa en el contexto complejo de la pandemia de COVID-19, la abrupta quietud encendió las alarmas del alma. La transición no fue sencilla: la casa vacía mientras los seres queridos trabajaban representaba una soledad pesada. Fue entonces cuando un hallazgo fortuito en las redes sociales cambió el rumbo de su vida y el de cientos de abuelas migrantes.

Un grupo digital denominado Abuelitas Viajeras, creado originalmente en 2016 para compartir imágenes de viajes, se convirtió durante el confinamiento global en un salvavidas de comunicación humana.

De la Red Virtual a la Trinchera Social: El Despertar de “Abuelitas Viajeras”

Lo que comenzó como una interacción digital explotó exponencialmente. En cuestión de meses, el grupo pasó de miles a cientos de miles de integrantes en todo el mundo. Al sumarse Tomasa y asumir la coordinación del capítulo del sur de California, la organización local cobró una dimensión cualitativamente distinta. Las reuniones para tomar café, los desayunos compartidos y los paseos colectivos devolvieron la sonrisa a mujeres que padecían severos cuadros depresivos; pero al cabo de dos años de convivencia fraternal, la inquietud del corazón zacatecano exigió dar un paso más allá.

Las integrantes del grupo manifestaron una necesidad profunda:no deseaban limitarse a recibir o consumir esparcimiento, querían ofrecer algo a la comunidad, aportar su esfuerzo y volcar su ternura hacia los sectores más vulnerables. Con esa determinación, decidieron estructurar formalmente sus estatutos, definir su misión y visión de amistad participativa e integrarse de manera orgánica a la Federación de Clubes Zacatecanos del Sur de California, la más importante organización de migrantes organizados en los Estados Unidos.
Nacía así un brazo de labor social enfocado primordialmente en las personas adultas mayores olvidadas en la estructura institucional norteamericana.
El trabajo de campo de Abuelitas Viajeras es minucioso y conmoviente. Identifican asilos de ancianos en la región del Valle de San Fernando donde el contacto familiar es escaso o inexistente. Dos veces al año —con motivo del Día de las Madres y la Navidad— las integrantes organizan colectas internas, compran insumos, arman minuciosamente más de un centenar de bolsas de regalo y acuden personalmente a entregar un mensaje de dignidad.

Ayudando a mujeres para que recuperen el sentido de la vida

Impacto humano en el Valle de San Fernando

Las bolsas preparadas por las abuelitas no contienen artículos genéricos, sino detalles pensados para la dignidad cotidiana: gorros tejidos, cremas corporales, toallitas húmedas, libros de crucigramas, calendarios y pequeños juguetes de apego.

Cada visita representa entre hora y media y dos horas de conversación viva, escucha atenta y abrazos que rompen meses de aislamiento institucional.

Tomasa recuerda con emotiva claridad el aprendizaje sobre la inclusión de los hombres en los asilos. En las primeras visitas, concebidas inicialmente por y para mujeres, los ancianos varones expresaban con mirada nostálgica: “¿Y nosotros qué? ¡También somos papás, también estamos solos! reclamaban.

” Desde ese momento, la labor social se volvió universal. La sorpresa de encontrar a ancianos conmovidos hasta las lágrimas.

al recibir un osito de peluche, o jóvenes cuadrapléjicos que pedían sonrientes que les colocaran un gorro sobre la cabeza, demostró que la necesidad primordial de la tercera edad no es únicamente material, sino profundamente afectiva.
El radio de acción de estas abuelitas transfronterizas no se detiene en California. Su compromiso ha alcanzado a comunidades zacatecanas como Susticacán y proyecta actualmente una misión humanitaria hacia La Rumorosa, en la frontera de Baja California, donde un asilo cobija a 30 hombres de la tercera edad en situación de abandono absoluto, aislados en una geografía agreste y difícil donde la ayuda rara vez llega.

Amar Amando: La Sanación de las Heridas Invisibles
Para comprender en toda su profundidad el entramado de apoyo en esta comunidad, es indispensable cruzar la historia de Tomasa con la de su paisana, Doña María. Si el trayecto de Tomasa estuvo marcado por la disciplina institucional, la travesía de María es una epopeya de resiliencia frente a la adversidad.

Hace 33 años, María tomó la determinación de abandonar México para huir de una espiral de violencia familiar y alcoholismo que ponía en riesgo su vida y la de su hijo por nacer. Embarazada de cuatro meses, cruzó la frontera de manera indocumentada, enfrentando la detención y deportación por parte de las autoridades migratorias antes de lograr asentarse definitivamente en California.
Sin documentos y con la urgencia de sacar adelante a su hijo en un entorno que requería educación especial,María trabajó incansablemente durante décadas limpiando casas particulares. Esa labor, aunque físicamente demandante, le otorgó la independencia necesaria para criar a su familia con dignidad sin poner en riesgo su estatus legal.

Sin embargo, al observar a su alrededor, María percibió una plaga silenciosa entre la comunidad hispana: el aislamiento extremo de los paisanos que, tras una vida de trabajo desgastante, quedaban desconectados de su entorno, añorando la tierra distante y sin saber cómo integrarse a la vida social de Estados Unidos.

“El amor solo se puede aprender practicándolo, dando amor. Nuestro grupo nació para que las personas no tengan que decir ‘soy alcohólico’ o ‘estoy destruido’, sino ‘soy Juan, soy Pedro’, un ser humano digno que merece ser escuchado y amado.”

María Escobedo (fundadora de Amar Amando)

Así hace 14 años asumió el liderazgo de un grupo comunitario de autoayuda denominado Amar Amando, heredado tras la deportación de su fundador original, José Antonio Rosales. María adaptó la dinámica del grupo: transformó la estructura tradicional de doce pasos en “12 Principios de Vida”, enfocados en la responsabilidad emocional, la sanación de traumas del pasado, el fomento del autoestima y la reconciliación personal.

Se reúnen religiosamente cada martes en un amplio salón comunitario en Canoga Park, donde hombres y mujeres de la terceranedad encuentran un refugio libre de juzgamientos.
Pero el amor en la filosofía de María no es una abstracción teórica; es una acción concreta. A través de la iniciativa Amar Amando Accionando, los integrantes del grupo realizan voluntariamente pequeñas aportaciones semanales. Cada dos meses, el dinero reunido —que ha superado los 12,000 dólares a lo largo de los años— se entrega íntegramente a personas con necesidades médicas o de subsistencia apremiantes, ya sea en California o en municipios de México.

El júbilo de darse a los demás. Aquí en uno de los callejones de Zacatecas

Desde la compra de una bicicleta para una trabajadora en Jerez hasta la donación de pañales,
leche, medicamentos o alimentos para ancianos postrados; el grupo demuestra que la solidaridad no requiere de grandes presupuestos, sino de corazones dispuestos.

Soledad Migrante, la Brecha Digital y las Sombras del Olvido

La labor conjunta de Tomasa y María cobra una relevancia sociológica crítica cuando se examina la condición
estructural de las personas adultas mayores hispanas en Estados Unidos. La vejez migrante adolece de una doble
vulnerabilidad: la marginación propia de la edad y el desarraigo cultural.

A menudo, quienes dedicaron sus años de juventud al trabajo físico intensivo no lograron desarrollar el dominio del idioma inglés ni aprendieron a navegar las complejas estructuras burocráticas y digitales del estado de California.

Durante la entrevista, Tomasa y María señalan con agudeza cómo la digitalización absoluta de la sociedad post- pandemia ha excluido tajantemente a los adultos mayores. Desde la imposibilidad de comprar un boleto de transporte o de espectáculos hasta la dificultad para acceder a un portal médico o verificar un correo electrónico, la modernidad tecnológica ha convertido a muchos ancianos en analfabetos digitales dentro de su propia cotidianidad.

Esta indefensión los expone a un flagelo creciente: los fraudes telefónicos y cibernéticos donde estafadores les vacían sus escasos ahorros bancarios aprovechando su buena fe y falta de destreza tecnológica.

Los retos críticos de la tercera edad migrante

  • Violencia Familiar Invisible: Casos de ancianos que sufren maltrato psicológico o negligencia por parte de familiares pero no denuncian por temor a ser recluidos en asilos estandardizados.
  • Barrera del Transporte: La dependencia absoluta del automóvil en Los Ángeles limita la movilidad de quienes ya no conducen, derivando en un encierro involuntario.
  • Falta de calidez institucional: Aunque existen programas estatales y seguros como Medicare, los centros oficiales resultan impersonales y fríos, carentes del calor humano e identitario que requiere la comunidad hispana.

Ante este panorama, la intervención de este par de abuelas zacatecanas representa una medicina del alma. Se han registrado testimonios estremecedores dentro de sus reuniones: mujeres que confiaron entre lágrimas que, de no haber encontrado la fraternidad de Abuelitas Viajeras o de Amar Amando, habrían recurrido al suicidio para poner fin a la pesada soledad y la depresión provocadas por la pérdida de familiares o el abandono.

El grupo actúa como una red de contención vital donde la palabra empeñada y la llamada telefónica oportuna salvan vidas.
Conscientes de que la prevención es la clave para una vejez digna, Tomasa y María proyectan implementar talleres comunitarios sobre salud mental, manejo del duelo ante diagnósticos médicos adversos y alfabetización sobre la prevención de fraudes digitales, integrando la experiencia del desarrollo humano con la protección comunitaria.

En los asilos del Valle de San Fernando

Tejiendo Refugios de Dignidad

Al escuchar a Tomasa Rosales y a María, resulta evidente que su trabajo trasciende la noción convencional de la asistencia social. Ellas no operan desde la condescendencia ni desde el paternalismo estatal, sino desde la horizontalidad de quien comparte el mismo suelo, las mismas nostalgias por la patria distante y las mismas arrugas en las manos.

Representan la figura ancestral de la matriarca zacatecana: firme frente a la adversidad, profundamente compasiva y poseedora de una sabiduría práctica que convierte la escasez en abundancia colectiva.

El impacto de su labor demuestra que la sociedad contemporánea comete un error trágico al considerar a la persona adulta mayor como un elemento “desechable” o improductivo. Tanto Tomasa como María demuestran que la etapa posterior al retiro puede ser el periodo de mayor florecimiento espiritual y de transformación comunitaria.

Lo mismo devolviéndole la autoestima a una mujer de 90 años que vuelve a sonreír pintando con lápices de colores, o acompañando en su rehabilitación a una compañera accidentada recordándole que “Japón las espera” para su próximo viaje, reescribiendo la narrativa del envejecimiento migrante.
Su llamado resonante interpela no solo a los gobiernos y organizaciones civiles de California y México, sino a las familias y a las generaciones más jóvenes. Recordar que los adultos mayores requieren paciencia, respeto y cercanía afectiva es rescatar la memoria histórica y la dignidad del núcleo social.

En un mundo vertiginoso donde el tiempo parece no alcanzar para escuchar al anciano, Tomasa y María abren un paréntesis de ternura y luz.

“Hay que aprender en pellejo ajeno. Mientras más pronto entendamos que todos vamos hacia la adultez mayor, más exitosa y humana será nuestra propia vejez. En estos pequeños gestos de amor están las grandes diferencias de la vida”, aseguran

En Semillero65 celebramos la existencia de estas dos abuelas zacatecanas que honran a su tierra natal llevando consuelo al norte de la frontera. Su historia no solo inspira a sus contemporáneos, sino que marca la ruta para las generaciones venideras: la ruta de entender que mientras exista la capacidad de amar y de servir al prójimo, jamás habrá soledad capaz de apagar la dignidad humana.

De viaje en La Rumurosa, en el corazón de la Sierra Tarahumara

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