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Abigail,la mujer que venció la depresión en la Casa del Jubilado, tras perder al amor de su vida

Por Gerardo Romo///Semillero65

Zacatecas,(31-08-2026).-El salón resuena con aplausos, notas musicales y el brillo festivo de una coronación. En medio de las risas y los apretones de manos, una mujer de mirada serena y cabellera plateada observa el ambiente con una complacencia luminosa. Se llama Abigail Flores, tiene 78 años y no duda en afirmar, con sonrisa amplia, que estar allí con sus compañeras es una alegría inmensa. Viste la elegancia sobria de quien ha atravesado décadas de trabajo institucional y, sobre todo, de quien ha aprendido a reconciliarse con la vida tras el zarpazo de la ausencia.

Durante años, Doña Abigail conoció de cerca el ajetreo de la función pública. Fue secretaria en el Congreso del Estado de Zacatecas y, posteriormente, en el DIF estatal. Sin embargo, el verdadero reto de su existencia no llegó con las exigentes jornadas laborales ni con la burocracia, sino con la quietud intempestiva del luto. El año en que decidió jubilarse coincidió trágicamente con la muerte de su esposo. De pronto, los hijos —ya casados y con vidas independientes— dejaron la casa en silencio, y la soledad se transformó en un visitante pesado y constante.

“Andaba como la novia que dicen que lloraba por los rincones a cada rato. Salía o veía parejas que iban con sus esposos y me daba por llorar. No me sentía a gusto en ningún lado; tenía que volver a mi casa y aparte ahí me sentía sola y lo extrañaba mucho.”

Aquel llanto inconsolable amenazaba con sumergirla en una depresión profunda. Doña Abigail recuerda el día en que decidió romper el cerco del aislamiento. Movida por la curiosidad de ver qué ofrecían las Casas del Jubilado del Issstezac, caminó hasta la sede ubicada en la calle Guerrero del centro de Zacatecas. Allí, durante una de las charlas iniciales, la tristeza acumulada afloró sin contemplaciones: las lágrimas comenzaron a rodarle por el rostro de manera silenciosa.

Aquel episodio fue el punto de inflexión. El psicólogo del centro advirtió su dolor y le pidió que se quedara al finalizar la sesión para platicar. En esa conversación a solas empezó a desatarse el nudo. A través del taller de psicología, Abigail aprendió a nombrar su duelo, a procesarlo y, gradualmente, a soltar la pesadumbre.

El duelo ya lo superé, gracias a Dios. Por eso estoy aquí, porque aquí se divierte uno, se cuenta feliz, te haces reír y se te olvida todo. La vida adquiere un nuevo sentido —relata hoy con la tranquilidad de quien ha alcanzado la otra orilla-, admite.

Diecinueve años de risas, viajes y despertares

De aquel primer encuentro han transcurrido casi dos décadas. A sus 78 años, Doña Abigail suma cerca de 19 años de participación ininterrumpida en las Casas del Jubilado. Lo que comenzó como un refugio contra la depresión se convirtió en una filosofía cotidiana de vitalidad. Para ella, estos espacios no son meros lugares de esparcimiento, sino auténticos motores de renovación.

Ahí nos enseñan muchas cosas, hay talleres de todo tipo, viajes, entretenimiento, visitas a museos y convivencias. Hagan de cuenta que nos salimos de nuestra casa para que se nos quite lo dormido —comenta entre risas, enfatizando que quien no acude es porque pierde su tiempo inútilmente.

En las dinámicas del centro y en los viajes comunitarios, Abigail construyó una red solidaria donde el afecto es recíproco. La estimación de sus compañeros se evidencia en cada abrazo y en cada bienvenida entusiasta al llegar.

Al abordar el tema de la vejez y el paso irreversible del tiempo, rechaza tajantemente la melancolía o la resistencia inútil. Mira sus canas no como una marca de deterioro, sino como el testimonio visible de una biografía completa.

“Si no fuera por estas canas que tenemos, diríamos que no aprendimos nada. Las canas nos muestran los años vividos, las preocupaciones, las angustias, los dolores y las penas… pero la felicidad también.”

Frente a una sociedad acelerada que a menudo margina o invisibiliza a la tercera edad, su postura ante la brecha generacional es firme y contundente. Cuestionada sobre la relación entre los jóvenes y los adultos mayores, señala con franqueza la necesidad de tender puentes de comprensión:

—Los jóvenes a estas alturas a veces ya no quieren ni vernos, nos desprecian porque piensan que somos unos ancianos tontos, pero están muy equivocados. Si no aprenden de los viejos, ¿de quién van a aprender? Yo les diría que no se alejen de los viejos, porque aprenden más de nosotros que de los libros. Los viejos somos libros vivos.

El legado del afecto: la “Nita” y la “Mamá Abi”

Lejos de los talleres y las festividades, el corazón de Doña Abigail late con fuerza al hablar de su núcleo familiar: sus dos hijos y sus tres nietos (dos jovencitas y un varón). Con una honestidad desarmante, se define a sí misma con sentido del humor: A lo mejor soy una abuela gruñona, pero eso lo tienen que decir ellos; yo soy feliz con mis nietecitos”.

Sus dos nietos mayores tienen 15 años, mientras que la más pequeña apenas cuenta con un año y ocho meses. En esa pequeña figura encuentra hoy una de sus mayores fuentes de ternura: “Estoy feliz de cargarla y de que se duerma en mis brazos”. Las relaciones con sus nietos están marcadas por motes afectivos que trascienden el tradicional “abuela”. La mayor la llama cariñosamente “Mamá Abi”, mientras que los otros dos se dirigen a ella como “Nita”.

A pesar del profundo amor que les profesa, Abigail mantiene una sabiduría desprendida respecto al rol familiar. Reconoce la importancia de otorgar espacio y libertad a las nuevas generaciones: “Los amo y los adoro, pero también los dejo ir, no los voy a tener aquí apretados conmigo. Los veo de vez en cuando, pero los veo con mucho cariño y amor”. Sus metas a futuro son sencillas pero trascendentales: ver crecer a sus nietos y, si la vida le da licencia, contemplarlos formar sus propios hogares.

La historia de Abigail Flores es una lección sobre la capacidad humana de reinvención. Tras haber conocido el rigor del trabajo administrativo, la devastación del luto y la amargura de la soledad, su ingreso a la Casa del Jubilado le devolvió el propósito y la sonrisa. En cada aplauso prestado a la reina de la fiesta, en cada viaje compartido y en cada abrazo recibido, Doña Abigail demuestra que la vejez no es el crepúsculo de la vida, sino un territorio fértil donde la experiencia se transforma en sabiduría y la alegría en un cotidiano acto de resistencia.

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