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México 86

Por Gabriel Páramo///Semillero65

Ciudad de México,(02-06-2026).-De por sí, creo que nunca me ha gustado el futbol. Sin embargo, recuerdo que de muy chico (tendría unos cinco o seis años) inventé que le iba al Oro, equipo de Jalisco del que nunca supe nada hasta ahora que lo busqué para ver si había existido o solo estaba en mi imaginación. Supongo que escogí un equipo cuyo nombre me llamara la atención para acallar las preguntas ad náuseam de “a qué equipo le vas”, cuando no le iba a ninguno. Algo similar ocurrió cuando, en mi adolescencia, inventé que le iba a los Broncos de Denver (del futbol americano) solo porque me sonaban a canción de John Denver y el caballo del escudo me recordaba las películas de vaqueros que disfrutaba mucho.

Pero la verdad es que el futbol no solo no me gustaba, sino que me chocaba. En el mundial México ´70 recuerdo a mi familia paterna amontonada frente a la televisión a colores, grande para la época, embobados con los partidos y yo, por otro lado, tratando de leer seguramente algo de Julio Verne, que por esas épocas yo era su fan absoluto.

“Alfredito, ven, ya va a empezar el Mundial”. “¿Qué haces por allá? Ven a ver el futbol?” y otros reclamos caían sobre mi cabeza y se escurrían, mientras que mi propio abuelito le decía a mi papá que me vigilara, que no era normal que no me gustara el futbol. “No vaya a ser…”, sentenciaba con el miedo que las buenas familias tenían en ese entonces a lo gay.

El Colegio Franco Inglés era, por esas épocas, una potencia futbolera, poco antes del terrible incidente de la borrachera en un partido que llevó a cambiar el fucho por el basquetbol. Había clínicas y clases todas las tardes y mi mamá, por supuesto, nos inscribió en ellas. No recuerdo que haría mi hermano Eugenio, pero yo, al principio, la pasaba muy mal, hasta que los entrenadores vieron que no tenía la menor posibilidad y junto con otros, decidieron desentenderse de nosotros y enviarnos a las canchas pequeñas de piedra y tierra al fondo del patio, donde yo y otros similares dejábamos pasar el tiempo viendo libélulas, platicando, o fingiendo que corríamos tras la pelota, mientras comíamos tortas o sándwiches de huevo con mostaza y mayonesa.

Así pasé toda la primaria. Para el bachillerato ya había llegado la época del basquet, para el que también era muy malo, aunque no tan lastimeramente, y que al ser menos popular en la sociedad no te sentías como traidor al niñito Jesús, a Hidalgo y a Cuauhtémoc si no te gustaba o no eras súper aficionado.

Del Mundial ’86 no recuerdo absolutamente nada. Trabajaba mucho, como reportero-investigador en una revista internacional, y traductor y corrector freelance para otras publicaciones, tenía dos hijas muy pequeñitas y salvo la imagen de un chile serrano con bigote y sombrero de revolucionario morelense, no recuerdo nada más… salvo una canción cursísima cantada por los Hermanos Zavala (Juan Carlos Abara, 1986), que decía, entre otras linduras sacadas de algún catálogo de almacenes “El Triunfo”:

Mi tierra que se viste de su historia y tradición

Ofrece a quien la quiere su antiguo corazón

Brindemos un aplauso a la estrella del futbol

Que deje en nuestras almas su fuerza y su pasión

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