martes, agosto 18, 2026
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Martha y el saxofón como brújula

Por Gerardo Romo/// Semillero65

Zacatecas,(18-08-2026).-A sus 65 años, la voz de Martha González emana una vitalidad contagiosa, el tono de alguien que ha sabido espirar la vida con la misma potencia, ritmo y destreza con la que abraza su saxofón alto.

Aunque ya han transcurrido cinco años desde que se jubiló formalmente de la Banda de Música del Estado de Zacatecas, la jubilación para Martita —como cariñosamente la nombran todos, sin distinción de edad— dista radicalmente del retiro o la pausa: es, en realidad, un
escenario de libertad redoblada y movimiento constante.

La historia de amor entre Martha y la música empezó en la infancia, cuando contemplaba con fascinación los desfiles de
la legandaria Banda del Estado y quedaba impresionada por la estampa del maestro Juan Pablo García Maldonado y sus discípulos con aquellos trajes impecablemente limpios, pero lo mejor, el sonido que emanaban todos juntos que la estremecía

“Me impresionaba mucho la banda, la presencia del director y cómo sonaba, cuando los vi de niña pensé… un día estaré allí”, recuerda.

Pese a las reticencias iniciales de su padre, quien temía los costos y la exigencia de la profesión, un grupo de diez jovencitas del barrio decidió audicionar. De aquel grupo, solo ella perseveró.

Inició formalmente a los 16 años en el emblemático Teatro Calderón con el pandero. Y Tras un intento fallido con el corno francés —cuya
embocadura de metal no le dio sonido alguno—, bastó con que le pusieran enfrente un saxofón para que la música
brotara de inmediato. Desde ese instante, el saxofón alto se convirtió en su extensión vital, su compañero fiel e
indiscutible.

“El saxofón ha sido mi vida completa, mi todo. Siento mucha emoción cuando toco; según la canción, te dan
ganas de llorar o de bailar. Es mi adoración”, admite.

Su ingreso a la agrupación también marcó un hito de apertura social. Al casarse, debió ausentarse temporalmente por las
dinámicas de la época, pero su impecable comportamiento y dedicación hicieron que el maestro Juan Pablo García Y Ortega la
reincorporara, convirtiéndose en la primera mujer casada aceptada en la Banda del Estado, abriendo brecha para las
generaciones venideras.

La ruta de la música: recorrer el mapa con la banda

Pertenecer a la Banda de Música del Estado no solo fue la consolidación de su vocación, sino también el pasaporte a una
vida llena de sellos y horizontes compartidos. Durante sus décadas de servicio activo, el saxofón le permitió recorrer
incansablemente la geografía mexicana y realizar múltiples giras internacionales por los Estados Unidos.

“Gracias a La Banda conocí Disneylandia, Las Vegas, San Francisco, Chicago, Fort Worth, Santa Ana, Albuquerque, Dallas, San Antonio… salí de mi país, conocí ciudades y países que nuca imaginé, me divertí, aprendí y pude disfrutar la vida intensamente”, dice con una enorme sonrisa, tan grande como su anhelo de continuar descubriendo la vida y sus maravillas.
Sus travesías por la República Mexicana, la saxofonista las resume así:”Hicimos recorridos continuos por casi todos los rincones del país y municipios zacatecanos, tejiendo lazos musicales comunitarios”.
Hoy Martha participa con la Banda Taurina (Ensamble Sinfónico Zacatecano), la Cofradía de Bracho, en festividades
patronales y desde luego con la Rondalla de la Casa del Jubilado de ISSSTEZAC.

Viajar con la banda le dio a Martita no solo una visión amplia del mundo, sino también la capacidad de construir puentes
de convivencia con personas de todas las edades y trasfondos sociales. “Para mí una de las mayores enseñanzas de la música está en la posibilidad de interactuar y aprender de los jóvenes y creo que ellos también aprenden de mi”.

Jubilación: el florecimiento de una nueva etapa

Cuando llegó el momento de jubilarse, el temor inicial al vacío no tardó en disiparse. “Cuando me jubilé dije:¡me
voy a morir!” Pero pronto se corrigió a sí misma. ¡No!, vine aquí a ser feliz. Hoy estoy muy a gusto”, recuerda entre risas. La jubilación se convirtió en el umbral hacia una vida repleta de talleres, amistades e interacciones dinámicas.
Lejos de recluirse, Martita integró una apretada agenda en las aulas y talleres de la Casa del ISSSTEZAC, donde se ha
involucrado en psicología, literatura, música, baile de salón, acondicionamiento físico y hasta cursos de belleza.

También le gustan las artes marciales de las que se alimentó para estar bien en años previos a su jubilación.

Es parte de un vibrante grupo de jubiladas autodenominado “Las chicas Jubilosas”, con quienes comparte charlas y convivencias
divertidas con maestras y profesionales que sostienen redes de apoyo, juntas salen a restaurantes, paseos y convivios constantes.

Comunidad intergeneracional y el llamado del escenario

Uno de los aspectos más entrañables de esta etapa es la vitalidad con la que se conecta con las nuevas generaciones.
Martita continúa siendo invitada recurrentemente a tocar como exintegrante en diversas agrupaciones, compartiendo
escenario con jóvenes de 15 o 16 años pertenecientes a bandas de municipios como Guadalupe, Fresnillo y Morelos.
Esa convivencia intergeneracional alimenta su espíritu. Para los jóvenes músicos, Martita no es una figura lejana ni
austera, sino una compañera entrañable a la que saludan con un efusivo “¡Martita!” en las calles. Ella celebra que la
juventud mantenga viva la pasión por la música y que la traten con el respeto y la calidez de quien comparte una misma
bandera sónica.
A sus 65 años, tras haber celebrado sus seis décadas con ensamble musical y voces de primer nivel, Martha González
Ibarra demuestra que la jubilación no es el final de la melodía, sino el momento en que la música se toca con mayor
libertad, gozo y plenitud.

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