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El arte como un espejo compartido: Crónica desde el taller de pintura de la Casa del Jubilado

Por Gerardo Romo///Semillero65

Zacatecas,(28-06-2026).-La Casa del Jubilado del ISSSTEZAC resguarda, entre sus muros, un rincón donde el tiempo no se mide en años acumulados, sino en la soltura de una pincelada o en la intensidad de un pigmento. Al frente de este espacio está Adrián, un artista visual con tres décadas de trayectoria que, hace apenas cuatro meses, llegó al taller casi por el azar de una vacante imprevista. El taller se había quedado sin maestro, y el destino —hilado por la recomendación de una amiga— lo condujo hasta este grupo de adultos mayores.

Para un creador con treinta años recorriendo los caminos del arte, enfrentarse a un aula de personas de la tercera edad podría haber parecido un cambio de ritmo drástico. Sin embargo, Adrián descubrió rápidamente que este espacio no era un lugar de retiro intelectual, sino un hervidero de saberes cruzados, donde las personas mayores recrean sueños en un óleo y desde el encuentro con el arte viven con mayor intensidad el día de hoy.

Cuando se le pregunta a Adrián cómo plasmaría estos cuatro meses en un cuadro, la respuesta se torna compleja, pues cada alumno representa un universo entero. Sin embargo, la constante en ese lienzo imaginario sería la multiplicidad y el desahogo. Para muchos de los asistentes, la pintura ha dejado de ser un mero pasatiempo para convertirse en una terapia viva. En una sociedad que suele aislar a las personas mayores, el taller emerge como un territorio de resistencia creativa donde el hacer y el deshacer salvan la rutina, ofreciendo un canal idóneo para la recreación, la expresión pura y la compañía.

El maestro habla desde la empatía más profunda cuando aborda el carácter terapéutico del arte. Lejos de las posturas soberbias, Adrián comparte su propia vulnerabilidad al confesar que padece de ansiedad, y que ha sido precisamente el arte el canalizador que le ha permitido transmutar ese malestar en creación. Ese mismo poder sanador es el que pone a disposición de los adultos mayores, ayudándoles a derribar los tabús y los miedos paralizantes del “yo no sé pintar” o “yo no sé dibujar”. El taller les demuestra, tarde o temprano, que nunca es tarde para desenterrar un talento oculto.

Al encontrarse en lo que él mismo define como la “mediana edad”, el puente con sus alumnos se construyó de inmediato, no desde la distancia académica, sino desde la horizontalidad. El taller se transformó, bajo la mirada colectiva en un ecosistema donde el conocimiento fluye en dos direcciones: el maestro no solo va a vaciar sus conceptos, sino a contagiarse de las vivencias de quienes sostienen el pincel.

Este enfoque ha transformado la noción tradicional de la docencia.

Para Adrián, la rigidez del aula académica estropea la magia del reencuentro con el arte. Por ello, prefiere despojarse de las etiquetas solemnes y asumirse con humildad como un “facilitador”. Su labor no consiste en imponer un canon estricto ni en forzar dinámicas magistrales, sino en colocarse al lado del alumno, acompañándolo paso a paso en su propio proceso creativo. El taller se vuelve así un espacio libre donde conviven quienes tocan un lápiz por primera vez y se enfrentan al lienzo desde el absoluto cero, junto a aquellos que ya arrastran años de constancia y trazos familiares en el taller.

La experimentación sin miedo: De la rigidez del óleo al lenguaje propio

Históricamente, el taller había estado arraigado a la tradición del óleo, una técnica que Adrián considera noble y representativa de las artes plásticas, pero que a veces limitaba las posibilidades del grupo. Con su llegada, las ventanas conceptuales se abrieron de par en par. El espacio comenzó a poblarse de acrílicos, acuarelas, dibujos con lápices grasos y Prismacolor, e incluso exploraciones tridimensionales que desafiaron el soporte plano a través del alto relieve y la plastilina. La consigna del maestro ha sido clara: combinar, mezclar carboncillo con acuarela, probar texturas y, sobre todo, permitirse errar. “Estar aquí me ha permitido experimentar, tengo poco en este espacio, pero me siento feliz, libre y dispuesta a enfrentar nuevos desafíos, a aprender”, dice María de Jesús, una de sus alumnas.

En el lenguaje de Adrián, el error ha sido despojado de su carga negativa. Cuando el fantasma de la frustración aparece y los alumnos se “agüitan” o se “achicopalan” ante un trazo desviado, el facilitador interviene para recordarles que la equivocación es, en realidad, un beneficio pedagógico. En este taller no se busca moldear artistas expertos bajo un estándar uniforme; se busca entender y potenciar las habilidades individuales de un grupo profundamente ecléctico. Hay quienes encuentran su voz en el paisajismo tradicional, otros que se obsesionan con el reto del rostro humano, algunos que abrazan la libertad del arte abstracto dejándose llevar por la materia, y quienes pintan desde la entrañable pureza del estilo naïf caracterizado por la espontaneidad.

Y es que aquí la combinación de experiencias acumuladas y sabiduría con la espontaneidad hace una explosión de humanidad única.

Al final del día, lo que Adrián busca sembrar en sus alumnos es el descubrimiento de un lenguaje propio, ese sello de identidad que define a los creadores.

En sus charlas de taller suele aparecer el ejemplo de Pablo Picasso, quien transformó su técnica y descompuso la figura monumental hasta fundar el cubismo, hallando así su propia voz. De la misma manera, aunque a escala humana y cotidiana, cada adulto mayor en el taller camina hacia la construcción de su propia iconografía. El propio Adrián, como artista multidisciplinario que transita entre la pintura, la gráfica y los medios alternativos, entiende que el arte es un territorio infinito que no tolera las camisas de fuerza.

Más allá de la técnica y el color, la Casa del Jubilado ha logrado consolidar un espacio de convivencia vital. El taller es un pretexto idóneo para platicar, compartir ideas, reír y disolver la soledad que a veces acompaña a la jubilación. Con un horario flexible diseñado para romper barreras —ofreciendo sesiones los lunes por la mañana (de 11:00 a 1:00) y tardes de martes a jueves (de 5:00 a 7:00)—, Adrián mantiene las puertas abiertas no solo para los adultos mayores, sino para cualquier alma inquieta que desee aprender. Al cerrar la charla, queda la certeza de que en este rincón la pintura no es un fin en sí mismo, sino un pretexto luminoso para seguir sintiéndose plenamente vivos.
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